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Balotaje en Brasil: Lula da Silva, Flávio Bolsonaro y la delicada línea de la gobernabilidad
A la sorpresa de la imposición del ultraconservador en la primera vuelta, se suma un giro en el Congreso y las gobernaciones. El rol del Supremo Tribunal y la apatía de la vía del centro.
La misma teoría comenzó rápidamente a pulular por las redes sociales la noche del domingo. Y sí, aunque es cierto que un tuit disparado con impulso adictivo desde un recóndito lugar de Brasil, no es lo mismo que una acción política, ya no podemos negar que hay un termómetro social en ese mundo virtual que, para quienes aún preferimos las formas analógicas de participación ciudadana, nos es ajeno.
Cuando el carisma no alcanza: el desafío de Lula
Lula ha sido durante 20 años el líder indiscutido del progresismo moderado en América Latina. Supo ser un contrapeso a la marea chavista de los años 2000 –facilitado por el peso económico del Brasil- y construyó un rol de mediador regional que le permitió ser socio de ese movimiento, pero con límites.
Durante años la clase política argentina, incluso la conservadora, vio con buenos ojos ese protagonismo, la historia romantizada del obrero metalúrgico que logró una epopeya social en el país más grande de Sudamérica… la admiración nunca llegó al nivel del uruguayo José “Pepe” Mujica, es cierto. Pero existía.
Justamente fue el uruguayo quien, en su último encuentro con Lula en la chacra que tenía en las afueras de Montevideo meses antes de morir, alertó sobre uno de los mayores males que afecta al progresismo latinoamericano: personalismos fuertes con líderes prolongándose en el poder sin construir herederos.
No es gratuito aspirar a un cuarto mandato. El Partido de los Trabajadores (PT) ha gobernado 17 de los últimos 23 años en Brasil. Los otros seis se repartieron entre los dos años que Michel Temer completó el gobierno de Dilma Rousseff (destituida en un impeachment con aires de golpe institucional) y la presidencia de Jair Bolsonaro (hoy preso por el intento de golpe de Estado contra Lula en enero de 2023).
Lula, hoy con 80 años, inició su tercer período sabiendo que buscaría la reelección. Con la lección de Joe Biden en EEUU, se esforzó por mostrarse vigoroso, dedicando constantes posteos en sus redes sociales donde se lo vio ejercitándose, perdiendo peso, subiendo escaleras a un ritmo envidiable para varios presidentes cincuentones.
Apeló, además, a la receta probada del éxito del PT: Estado presente, ampliación de derechos individuales, protagonismo internacional. Cuatro años después de su elección –en la que los efectos de la pandemia de Covid-19 en Brasil aún se sentían con fuerza- la sociedad brasileña mostró en las urnas que el éxito probado ni los personalismos son suficientes.
La gobernabilidad, madre de todas las batallas
En esta nota no haremos revisionismo histórico -aunque sea necesario- sobre lo que ha sido la flaqueza de la institucionalidad brasileña en la última década. Ya hemos mencionado dos hechos como la destitución de Dilma y un intento golpista. A eso, estimado lector, súmele el juicio, encarcelamiento y liberación de Lula, y haga cuentas.
Más próximo en el tiempo tenemos los varios capítulos que ha escrito el Supremo Tribunal Federal (STF) el último año, con guerras fraticidas entre los ministros, escándalos de corrupción denunciados por uno y otro bando, y una retroalimentación de la justicia y la política inédita en Brasil desde el regreso de la democracia. Para hablarlo en criollo, los brasileños construyeron su propia versión de la casta, la permanencia de y la lucha contra ella.
Los primeros análisis en Brasil sobre el golpe que recibió Lula en la primera vuelta daban cuenta del efecto STF y su intromisión en la campaña electoral. Giro irónico del destino, históricamente la relación entre el PT y la justicia fue de tensión. Ahora, que la justicia no le ha jugado en contra, tampoco ha habido ganancia.
No es casual, para los observadores, la excelente performance que el Partido Liberal (PL) de Bolsonaro ha tenido en el capítulo legislativo de las elecciones de ayer. Los bolsonaristas dominarán el Senado con 28 de las 81 bancas, el triple que las que obtuvo el PT. También fue la fuerza más exitosa en la Cámara de Diputados logrando al menos 85 de los 513 escaños.
Todos los Bolsonaro candidatos ganaron: la exprimera dama Michelle Bolsonaro fue la senadora más votada en Brasilia,
Carlos Bolsonaro (segundo hijo del exmandatario), fue el segundo más votado para el Senado en Santa Catarina, el menor de los varones del clan, Jair Renan, fue elegido diputado federal también por Santa Catarina, y un hermano del propio Jair, Renato Bolsonaro, será diputado federal por San Pablo.
Como contraparte, solo dos de siete exministros petistas ganaron un asiento en la Cámara alta. Otros cinco ingresaron a Diputados.
Así, aunque Lula pudiera revertir el cimbronazo de la primera vuelta, gobernaría (¿gobernaría?) con un Congreso opositor, donde las prioridades de agenda serán, de acuerdo a los propios miembros del PL, amnistiar a Jair Bolsonaro y llevar a un impechment a los jueces del STF.
El capítulo de elección de gobernadores termina de explicar lo ocurrido en las urnas, esa sorpresa que tomó indefenso a Lula. Diez de los veinte gobernadores electos el domingo apoyaron en la primera vuelta a Flávio Bolsonaro, mientras que ninguno de los ocho exministros de Lula que compitieron por una gobernación logró ganar.
La foto final del reparto del poder es la de un agotamiento del modelo PT e, incluso, de otros partidos tradicionales del Brasil. Un signo más de época. Note que, en caso de ser electo Bolsonaro, el uruguayo Yamandú Orsi quedará como el único abanderado del progresismo en Sudamérica.
La grieta abruma a la amplia vía del centro
Una amplia parte de la sociedad brasileña quedó fuera de la disputa política. La abstención llegó al 21%, consolidando la tendencia al alza que ya había registrado cuatro años atrás.
Ello significa que 33.441.825 de votantes decidieron no participar de la oferta electoral. Y serán el botín que disputarán Bolsonaro (56.104.503 votos) y Lula (53.879.538 votos) para vencer en el balotaje. Tarea compleja movilizar a la apática tercera fuerza del país.
Aupado por la ola derechista y ultraconservadora de América y por el frenesí del mercado (volaban 13% las principales acciones brasileñas y se apreciaba el real), Bolsonaro puede esperar con cierta calma la segunda vuelta.
Lula, que gastó una batería de medidas sociales y económicas antes del domingo quedando con poco margen para innovar, propuso la noche del domingo “mostrar la verdadera fotografía del Brasil de hoy y del Brasil que queremos”. ¿Cómo congeniará la foto con la que sueña con la que le devolvió la realidad?






