Nicolás llamó a su mamá sin tener la menor idea de lo que ella estaba haciendo. Era chico: tenía 10 años y aún creía que Mariana, su mamá, trabajaba comprando y vendiendo camiones. “Casa” decía la pantalla de su teléfono y Mariana no lo dudó: maniató con precintos al hombre de la casa de cambios en la que estaba robando y se fue al baño. “Mami, no te olvides que para mañana necesito llevar al cole dos cartulinas y dos mapas. ¿Me comprás eso antes de volver?”, alcanzó a decirle.

Entonces, Mariana, a la salida de su primer robo del día pasó por una librería y compró lo que su hijo mayor necesitaba. Guardó todo en su cartera, junto a su 9 milímetros. De ahí se fue a la segunda casa de cambios del día y se llevó una buena suma de miles de dólares. A la vuelta, ya en la esquina de su casa, respiró profundo. Era el mismo ejercicio que practicaba cada tarde. “Yo tenía que sacarme el personaje de ladrona. Iba a entrar a mi casa y ahí adentro me convertía en una mamá igual al resto”, recuerda hoy, desde el teléfono celular que usa desde un pabellón de una cárcel bonaerense. Así era su doble vida.

La historia de Nicolás es una de la de los tantos niños, niñas y adolescentes que crecen con al menos uno de sus padres detenidos. El martes pasado la Procuración Penitenciaria de la Nación presentó el informe “Más allá de la prisión: Paternidades, maternidades e infancias atravesadas por el infierno”, que contó con la colaboración de la Asociación Civil de Familiares de Detenidos (ACIFAD), la oficina Regional para América Latina y el Caribe de Church World Service (CWS) y con el apoyo técnico y financiero de UNICEF.

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Según el documento, en Argentina, donde la población carcelaria ronda los 92 mil detenidos, se estima que hay cerca de 146 mil niños con al menos uno de sus padres en prisión.

El informe se basó en encuestas a 196 personas privadas de su libertad. En el 62% de los casos el detenido constituía el principal aporte económico del hogar. La falta de ese ingreso a la casa, más los gastos que representan las visitas a ese familiar y proveerlo de comida, elementos de higiene y tarjetas telefónicas hacen que las familias, en muchos casos, se diluyan. Los niños pasan a vivir con distintos familiares y algunos hasta terminan en hogares estatales.

“La cárcel es un lugar público donde los niños transitan. Debemos analizar la manera en que lo hacen”, planteó Andrea Casamento, titular de ACIFAD, que este año habló de su experiencia en un encuentro en Nueva York. Y siguió: “sus padres no solo tienen el derecho de seguir viéndolos; también tienen obligaciones con ellos. El tema es que esas obligaciones recaen en nosotras, sus mujeres, que nos terminamos haciendo cargo de nuestros hijos y de ellos, ya que los tenemos que proveer durante la condena. El sistema debería permitir que esos adultos puedan ser responsables en sus roles”.  

Otros de los datos interesantes tiene que ver con las visitas: el 46% de los niños no visitan a sus padres en la cárcel. Y el 54% solo los volvió a ver una sola vez desde la detención. La diferencia entre el cuidado de esos niños según quién es el detenido representó una diferencia considerable. Mientras los varones (84%) señalan que sus hijos quedan al cuidado de sus madres, solo el 19 % de las mujeres indicó que a partir de la detención, sus hijos quedaron a cargo de sus padres. También se refirió a la impotencia que sienten los nenes cuando los penitenciarios no les permiten ingresar una torta o una pelota para compartir en la visita, o las veces que les impiden a sus padres tener acceso al teléfono para llamarlos más seguido. 

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Después de su detención, Mariana les contó de su situación a Nicolás y sus otros dos hijos. Como si fuera un cuento, les dijo por teléfono: “Cuando alguien hace cosas indebidas, te busca la Policía y te lleva a un Juzgado. Ahí los jueces te ponen una penitencia por portarte mal. Y te envían a un colegio pupilo en el que hay que trabajar, estudiar y portarse bien. Mamá está en un lugar así”.

“No es fácil pedir que te traigan a tus hijos a una visita”, dice. “Durante un año preferí no verlos. Tardé ese tiempo en prepararme y juntar el valor para recibirlos. Tenía que saber enfrentar todas sus preguntas, porque todas sus preguntas tienen un ‘¿y por qué mamá?'”. En el último mes, su hijo menor, hoy de 15 años, le pidió ir a visitarla sin sus hermanos ni su abuela. “Necesito que me cuentes la verdad, mamá. Y que me expliques cuándo se va a terminar todo”, le aclaró por teléfono.

“Mi máximo orgullo es que ninguno de los tres tomó mi camino”, agrega Mariana. Por las mañanas, su hijo mayor (de 19 años) le envía un mensaje ni bien sale a tomar el colectivo que lo llevará al trabajo: “Mamá, ¿me acompañás?”. Ahí ella se conecta, hacen una videollamada y charlan durante todo el camino. A los tres intenta festejarles el cumpleaños en la cárcel. En los 18 del mayor, llenó de globos, guirnaldas y carteles el Salón de Usos Múltiples de la Unidad. Hasta preparó un pasacalle. El nene entró y se puso a llorar. El hijo del medio prefirió no ir el día que cumplió la mayoría de edad. “No sé para qué festejamos si yo lo único que quiero es tener a mi mamá acá conmigo, cantándome el cumpleaños”, les dijo a sus familiares. “Miré las fotos de ese día y lo noté muy triste”, recuerda Mariana. “Al tiempo me llamó y me pidió que preparara una torta, que quería venir a comerla conmigo. Pero la orden fue que nadie de la cárcel se enterara de que había sido su cumple”.  

Johanna tiene una hija de 5 años con su último marido, que se encuentra detenido en la cárcel de Ezeiza. “La primera vez que mi hija fue a visitar a su papá me preguntó por qué había tantos policías en la entrada”, le cuenta a Clarín. Ella apenas le respondió “están cuidando el trabajo de tu papá”. Más tarde le preguntó a su marido si la nene había hecho preguntas sobre el mismo tema. Y no. Con su papá no había hablado de eso. Solo se anima a preguntarle qué día va a terminar de trabajar para volver a su casa.

En el jardín de su hija, la directora y su señorita saben la verdad. Y le sugieren a Johanna sentarla y decirle la verdad. “Va a empezar primer grado y es mejor que lo sepa por vos, y no por otro nene. Mintiéndole, le estás haciendo un daño. Tiene que hacerse la idea de que por un buen tiempo no va a volver, para no ilusionarse”, la aconsejan. Su psicóloga le recomendó comprar un regalo y pedirle a algún amigo que toque timbre y diga que “trae algo de parte de su papá”. Cada vez que su papá llama al teléfono de línea, ella casi que no quiere hablarle. Lo atiende e intenta pasárselo rápido a su mamá. Cuando el contacto es por videollamada, la reacción es distinta. La nena sí se engancha y quiere hablar. “Su psicóloga me explicó que eso es por la necesidad que tiene de verlo”, explica. En la última visita de la nena, dice, a la hora del cierre, se tomó de una de las piernas de su papá. No quería irse. Se largó a llorar y varios familiares de otros internos, al verla, también.

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Muchas veces, por no decir casi todas, las detenciones de sus padres modifican el día a día de los chicos. Bajan las notas de sus boletines, dejan de ir a fútbol u otras actividades, se vuelven rebeldes y contestan mal o empiezan a salir a juntarse con chicos del barrio. “Yo tengo que agradecerle de por vida a las madres de mis hijos”, confiesa Juan, desde otro pabellón dependiente del Servicio Penitenciario Bonaerense.

Su primer comentario se refiere a uno de los tantos ítems de los que se habla en el informe “Más allá de la prisión…”, y que sería el comienzo de todo: el allanamiento. “Mis hijos la pasaron mal. Es común que la Policía entre y hasta les pegue o los espose”, dice. “A mi papá le pusieron una pistola en la cabeza y lo hicieron arrodillarse”, cuenta una nena de 9 años en el informe de la Procuración. Otra, de 4, pregunta y se responde sola: “¿Sabés cómo lo revisaron a mi papá? Lo pusieron boca abajo y le pegaron piñas”.

“La cárcel trasciende al delincuente”, asegura Juan, que es estudiante de Sociología. “Es mentira que a la pena solo la sufre el infractor a la ley. En algunas épocas preferí que no me visitaran para no exponerlos a las requisas. Muchas madrugadas mi hija me escribe y me dice que se siente sola. Durante meses no me habla, por su enojo. O se pone rebelde con su mamá. Ahora la tecnología y los celulares que tenemos nos permiten estar un poco más presentes. Intento hacer videollamadas todos los días y preguntarles a cada rato cómo están o cómo van sus cosas”.

El cierre del informe habla sobre las salidas transitorias, el arresto domiciliario como una modalidad de la pena y la recuperación de la libertad. Ahí se lee a Martín, de 12 años, decir “abrazarlo y no soltarlo”, al preguntarle cuáles serían las dos cosas que haría ni bien su papá recupere su libertad. Augusto, de 15, se imagina que el día que salga su mamá “no vamos a querer separarnos. Vamos a estar todo el día juntos, a hacer lo que no pudimos hacer antes. Para mí, mi vieja es mi vida”. En la presentación se escucharon algunas de esas voces. Como la de Alma, de 4 años: “¿Qué es lo más lindo del pabellón? Mi mami…”. 

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