«Vamos a dejar todo para intentar ganar la final”, dijo Lionel Scaloni en conferencia de prensa. Mientras tanto, el centro porteño es el punto de encuentro de miles de fanáticos que festejan una vez más a un grupo de jugadores que dejaron en alto la camiseta albiceleste.
Para garantizar la celebración fueron desplegados 800 efectivos de la Policía de la Ciudad, funcionarios pertenecientes a las áreas de Orden Urbano, la División Despliegue de Intervenciones Rápidas (DIR) y patrullas en moto del Grupo de Apoyo Motorizado (GAM), junto con brigadas de la Superintendencia de Investigaciones y personal de las Comisarías Vecinales 1B y 1D.
El partido se desarrolló en la misma tónica que los encuentros anteriores: sufrimiento y corazón. Cambió el rival, un clásico de toda la vida: Inglaterra. El recuerdo de Maradona y Malvinas se combinó con la épica de Messi y un equipo que sabe a la perfección como jugar estos duelos.
Desde la capital argentina, la gente se congregó en el Obelisco para manifestar una alegría potenciada con una sensación de desahogo e ilusión. Segunda final en cuatro años. La tercera de los últimos cuatro mundiales.
Banderas, pilusos, paraguas, globos, cornetas y llanto pintan el centro porteño. «Por Malvinas, por el Diego. Por la última de Leo», cantan los hinchas al unísono para celebrar, no solo la clasificación, sino la victoria ante un rival al que hay que vencer siempre.
Ya habrá tiempo para pensar en España. Hoy, miles de personas desde Atlanta, Buenos Aires o cualquier rincón del país saltan para «no ser un inglés» en una celebración que continuará, como mínimo, hasta el domingo.
“Somos únicos, no es de arrogancia, es de corazón. La camiseta amerita dar todo hasta el final”, afirmó Scaloni. Y la gente lo sabe.





