Tormenta climática en el horizonte: los emergentes bajo la lupa

La NOAA estima un 81% de probabilidades de un "El Niño" muy intenso entre octubre y diciembre, entre los más fuertes desde 1950. El fenómeno amenaza con encarecer alimentos y energía en mercados emergentes ya presionados por la guerra.

Un fenómeno meteorológico de magnitud histórica se perfila como el próximo dolor de cabeza para las economías en desarrollo. La Administración Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos proyecta una probabilidad del 81% de que se registre un episodio de «El Niño» de intensidad extrema durante el último trimestre del año, ubicándose entre los más poderosos documentados en más de siete décadas.

## La doble presión que agobia a las economías vulnerables

La situación resulta particularmente delicada para aquellas naciones que ya atraviesan un escenario económico complejo. La conflictividad internacional ha generado tensiones persistentes sobre las variables macroeconómicas, y ahora el componente climático suma una incertidumbre adicional que complica aún más el panorama.

Los efectos de este patrón climático suelen traducirse en alteraciones significativas en la producción agrícola a escala planetaria. Las sequías extremas o las precipitaciones desmedidas, según la región, impactan directamente sobre los rindes de cultivos estratégicos como soja, trigo y maíz. Esta volatilidad en la oferta alimentaria inevitablemente se trasladan a los valores que pagan los consumidores finales.

El rubro energético no queda exento de estas perturbaciones. Las centrales hidroeléctricas, fundamentales en la matriz de varios países latinoamericanos y asiáticos, ven modificados sus niveles de generación cuando los caudales de los ríos sufren variaciones abruptas. Brasil, por caso, ha experimentado en años anteriores situaciones críticas de escasez hídrica que obligaron a activar termoeléctricas de respaldo, encareciendo el costo de la electricidad.

## Repercusiones que trascienden las fronteras

Los analistas internacionales advierten que la combinación de factores —bélicos y ahora climáticos— podría reavivar las turbulencias que ya padecieron estos mercados durante 2022. En aquella oportunidad, las alzas generalizadas de precios obligaron a los bancos centrales a implementar políticas monetarias restrictivas que frenaron el crecimiento económico.

La persistencia de valores elevados en los alimentos y la energía ejerce presión directa sobre los índices de inflación, reduciendo el poder adquisitivo de las familias y complicando las metas de estabilidad que persiguen las autoridades económicas. Para aquellas economías con elevada proporción de población en situación de vulnerabilidad, el impacto social se vuelve particularmente sensible.

Las proyecciones de la NOAA indican que el pico de intensidad del fenómeno ocurriría entre octubre y diciembre, período que coincide con momentos clave del ciclo agrícola en ambos hemisferios. Esta temporalidad amplifica las preocupaciones respecto a las cosechas que se encuentran en desarrollo o en etapa de siembra.

Los mercados financieros ya comienzan a incorporar estos escenarios en sus valoraciones. Los activos de países dependientes de exportaciones primarias o con alta exposición a eventos climáticos muestran mayor aversión al riesgo, mientras los inversores reconfiguran sus carteras buscando resguardo.

La vigilancia internacional se intensificará en los próximos meses. Organismos multilaterales y agencias especializadas monitorearán de cerca la evolución de las condiciones oceánicas para ajustar sus alertas y recomendaciones de política económica. La capacidad de respuesta de cada gobierno será determinante para mitigar los efectos adversos que se avecinan.

Redacción SDN

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