Internacionales
Nuevo libro revela un casillero geopolítico oculto: «El mercado africano representa una potencialidad para lo que Argentina ya hace»
Kevin Bryan, autor de “Fronteras de fuego”, aseguró para Ámbito que “hay actores cada vez más importantes de África que empiezan a aparecer como potencias de segundo orden”.
Existe una frase que resuena cada vez más para sintetizar el orden global del presente: el norte busca prohibir el ingreso de nueva población, mientras que el sur intenta detener la emigración. La premisa puede considerarse tan impiadosa como realista, pero también abre la posibilidad a una nueva mirada, ¿qué ocurriría si aumenta el flujo de vínculos entre las naciones del sur? Esa pregunta es una de las que impulsa “Fronteras de fuego”, el último libro del profesor y divulgador Kevin Bryan.
Luego de publicar “La revolución de las boinas” en la editorial rosarina Laborde, el escritor vuelve sobre África para construir un manual que se enfrenta a la complejidad de los intereses que se tejen detrás de lo más mediático de la región: el conflicto. Presentado en general como guerra civil o religiosa, lo que se estructura es una trama que revela -porque ni siquiera esconde- negocios armamentísticos y conexiones de poder geopolítico que desafían lo que una región golpeada todavía no perdió: la dignidad para construir una paz estable.
La vocación docente del autor se explicita en la presentación de categorías, catálogos de recursos estratégicos y mapas ilustrativos, que permiten entender que los analistas que insisten en penalizar procesos migratorios no están mirando la historia a los ojos. Es que desde el Congreso de Berlín de 1884 hasta hoy pasó poco tiempo y mucha desgracia, en un evento canónico que determinó el futuro de la población africana y también les borró el pasado. ¿Quién puede decir algo de los imperios de la cuna de la civilización humana antes del siglo XIX, sin caer en la idea de la excepcionalidad egipcia?
El relato hace hincapié tanto en las experiencias de autonomía como el recurrente modelo de intervención política externa, que financia conflictos y configura dominios que trascienden lo bélico: al día de hoy, una decena de países todavía tienen que pedirle autorización a Francia para emitir divisas. Esas injusticias contemporáneas cuentan con resistencia en el continente con más naciones en el mundo (54), que se expresan en eventos futbolísticos pero también en nuevas alianzas panafricanas y cambios de posturas en la gestión de sus materias primas.
La revelación queda expuesta: para explorar alternativas con Estados que tienen una historia en común con la Argentina, primero es preciso acercarse a su complejidad. Este es el objetivo de Kevin Bryan, que dialogó en exclusiva para Ámbito.
Periodista (P.): ¿Qué aporte puede representar conocer de África para un lector argentino?
Kevin Bryan (K.B.): Una de las cuestiones que me despertó interés en relación a los estudios sobre África precisamente es lo poco que se escribe acá en Argentina sobre ese continente; pensándolo en contraste con Brasil, que está al lado nuestro, tiene mucha más conexión con los estudios relacionados al continente africano, ha podido canalizar una política mediana y largo plazo, formalizó relaciones con países de África y estableció puentes comerciales.
En el contexto internacional actual el continente africano está sacándose de encima a los actores que históricamente tuvieron influencia y dominio. Por eso entiendo que el mercado africano representa una potencialidad para lo que Argentina ya hace y se puede pensar en la energía y alimentos, porque están cambiando los proveedores históricos y abriendo puertas. Entonces, una forma amena de intentar llegar es ver qué está pasando en África, cuáles son los escenarios, las realidades y las potencialidades que tiene el continente, así como también sus vulnerabilidades. Es un continente al que literalmente tenemos enfrente: a mí me gusta pensar al Atlántico Sur como un puente que nos une con África y no como una barrera.
P.: ¿Qué experiencias te interesaron sobre ruptura de lazos y apertura de nuevos mercados de parte de países africanos?
K.B.: En mi anterior libro, «La revolución de las boinas», habló del caso del Sahel, que es bastante particular porque hay tres países indígenas que no tienen salida al mar y que, a través de una estrategia de unidad, articulando políticas de Estado y exterior, están un poco plantándose frente a lo que ha sido el colonialismo histórico, en el caso de ellos el francés.
Fuera de esa experiencia, una de las cosas que está avanzando es la revalorización de los recursos, con reformas de los códigos mineros. Las regalías en los países africanos son bajísimas, estamos hablando del 2 o 3% por extracción, entonces la mayoría lo está revisando y elevando al 10%, 15% o hasta el 20%. Después, hay algunos casos donde se vienen registrando nacionalizaciones muy específicas sobre extranjeras que tienen enormes deudas acumuladas. También empiezan a aparecer actores privados, como la nigeriana Dangote, que es la principal empresa petrolera de África y tiene un proyecto para que el continente deje de refinar su petróleo afuera, evitando a Europa y Asia.
P.: Hay un capítulo en el que se desarrollan las luchas que hay contra los grupos que quieren instalar la Sharia. Todas estas alianzas que se van conformando entre yihadistas y tuaregs terminan durando menos -por traiciones o por internas- que los Estados africanos que se conformaron arbitrariamente en la Conferencia de Berlín. ¿Por qué pensás que se da este fenómeno?
K.B.: Ante esos escenarios de fragmentación hay que ver que los tuaregs, por ejemplo, tienen una enorme complejidad porque son pueblos nómades que no van a reconocer nunca la existencia de un Estado. El problema es que los límites en algunos puntos generan tensiones. Ahí hay un problema histórico, que son los trazados.
Después, las alianzas que se piensan, por ejemplo, entre los tuaregs y algunos grupos yihadistas tienen que ver con una lucha contra un enemigo común y una ocasión temporal, pero después no comparten el resto del proyecto o la visión religiosa. Entonces, empiezan a chocar los modelos y eso es un doble problema, porque al no haber una proyección real se lleva a que las luchas internas se estiren. Entonces no terminás nunca con ese ciclo de inestabilidad, y si bien hay actores que se benefician de eso, cuando la inestabilidad es crónica nadie invierte y nadie puede instalarse.
P.: Hay otro fragmento en donde se muestran los distintos atentados que sufrieron los líderes nacionalistas. Uno piensa que se puede generar una desmoralización en la comunidad de cualquier intento de autonomía pero, al mismo tiempo, hay un proceso de progresivo desarrollo. ¿Existe un germen de autonomía en los jóvenes que, cada vez más, se quedan a estudiar en las universidades locales?
K.B.: Hay una cuestión interesante ahí. No diría que está ocurriendo una revolución, porque quizás el concepto es muy fuerte, pero sí una transformación cognitiva, de decir: “Los africanos podemos hacer las cosas por nosotros mismos, podemos intentarlo”. Esta idea de África como continente subordinado o destinado a vivir de las ayudas de otros está quedando de lado. A mí me parece que recuperar los discursos de muchos de esos panafricanistas históricos incentivan a la juventud de que hay que trabajar para sacar al continente adelante y generar un principio de reciprocidad. Eso se está volcando también al ámbito universitario y de formación estudiantil.








