El papelón de Milei en Brasil: cuando la diplomacia se reduce a un acto de campaña – Por Francisco Paz

El sábado 25 de julio de 2026, el presidente argentino Javier Milei cruzó la frontera con Brasil no como jefe de Estado, sino como militante de campaña. Fue a São Pablo para respaldar la candidatura presidencial del senador Flavio Bolsonaro en la convención del Partido Liberal. Pero lo que allí ocurrió trasciende con creces una simple injerencia electoral: Milei insultó al presidente de la República Federativa del Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, en su propio territorio, y agredió al juez del Supremo Tribunal Federal Alexandre de Moraes. El resultado no se hizo esperar: Brasil llamó a consultas a su embajador en Buenos Aires, Julio Bitelli, en una de las respuestas diplomáticas más severas entre ambos países en décadas.

El discurso de Milei, de unos 25 minutos, estuvo plagado de descalificaciones. Llamó a Lula «el zurdo», «el ladrón» y «el presidiario». Ante un desperfecto técnico en el escenario, ironizó preguntando si «los micrófonos los mandó a tocar el ladrón». Acusó al mandatario brasileño de haber intentado influir en las elecciones argentinas de 2023 en favor de «los zurdos de mierda». Y no contento con eso, calificó al ministro Alexandre de Moraes como «la basura calva» por haberle impedido visitar al expresidente Jair Bolsonaro, detenido en prisión domiciliaria.

La respuesta institucional de Brasil fue inmediata y contundente. El canciller Mauro Vieira ordenó el llamado a consultas del embajador Bitelli, quien regresó a Brasilia «en las próximas horas». Fuentes diplomáticas brasileñas calificaron el discurso de Milei como «inaudito». El presidente del Supremo Tribunal Federal, Edson Fachin, emitió una nota oficial en la que calificó las declaraciones de «irrespetuosas» e «incompatibles con la civilidad que debe caracterizar a las relaciones entre los Estados». El presidente del Partido de los Trabajadores, Edinho Silva, afirmó que «resulta inaceptable que un jefe de Estado extranjero visite nuestro país y se dirija a sus poderes constituidos de manera irrespetuosa», y añadió que Milei «no está a la altura del cargo que ostenta».

La medida de llamar a consultas a un embajador propio —no al embajador del país ofensor— es uno de los gestos diplomáticos más severos que puede adoptar un Estado sin llegar a la ruptura de relaciones. Es una forma de decir: esto ha caído muy mal. Y no es la primera vez que Milei provoca una crisis de esta magnitud: en 2024, España llamó a consultas a su embajadora tras los insultos de Milei a Begoña Gómez, esposa del presidente Pedro Sánchez. Aquella crisis se extendió durante meses.

Pero hay algo particularmente grave en lo ocurrido en São Pablo. Brasil no es un socio comercial cualquiera: es el principal destino de las exportaciones argentinas. En junio de 2026, las ventas argentinas a Brasil alcanzaron los 1.285 millones de dólares, con un crecimiento interanual del 17,2%. Argentina se posicionó como el cuarto mayor proveedor de Brasil, y Brasil como el principal comprador de productos argentinos. Profundizar una grieta diplomática con nuestro vecino y socio estratégico no es un capricho retórico: es un riesgo económico concreto.

Más allá de los números, lo que está en juego es el prestigio institucional de la Argentina. Un presidente en funciones no puede comportarse como un panelista de programa de televisión cuando pisa territorio extranjero. La diplomacia no admite «libertarios de la descalificación». Existen protocolos, costumbres y —sobre todo— un mínimo de respeto mutuo entre Estados que no se negocian en nombre de la «libertad de expresión». Milei no fue a Brasil como ciudadano privado: fue como representante de la Nación Argentina, con la banda presidencial puesta, aunque no la llevara físicamente. Y lo que allí dijo compromete a todos los argentinos.

El hecho de que esta visita haya sido su tercera a Brasil desde que asumió —y en ninguna de ellas haya mantenido reuniones con autoridades del gobierno brasileño— revela una opción política clara: Milei prioriza la alianza con el bolsonarismo por sobre la relación institucional con el gobierno democráticamente electo de Brasil. Es una apuesta ideológica que, en el corto plazo, le otorga aplausos en un gimnasio de São Pablo, pero que, en el mediano y largo plazo, erosiona los cimientos de una relación bilateral construida durante décadas. Como señaló un experimentado diplomático brasileño ya retirado, «que, sin mediar una guerra o tan siquiera un conflicto fronterizo menor, un presidente en funciones cruce la frontera a un país hermano a insultar como un demente al Jefe de Estado y a la cabeza del Poder Judicial de su máximo socio comercial solo puede explicarse desde la locura personal del agresor».

Lo que molesta al ciudadano argentino, en pleno proceso de campaña antiargentina, es que el presidente Milei utilice esa molestia para hacer campaña por Bolsonaro hijo, máxime en tiempos de violencia de tipo fáctica, en los confines de la tierra, como combustible de la ira: el petróleo, no es, solo un descuido de un presidente descuidado, sino una necesidad incesante de ser protagonista de una vorágine de influencer desatado que está más para la velada del año que para la Casa Rosada.

No se trata de simpatizar o no con Lula da Silva. Se trata de entender que el cargo presidencial impone límites, que la política exterior no es una extensión de los actos de campaña, y que Argentina —un país que necesita exportar, invertir y crecer— no puede permitirse el lujo de tener un presidente que, cada vez que cruza una frontera, genera una crisis diplomática. La Casa Rosada debería ser algo más que un escenario para el show personal de su inquilino. Y si no lo es, los argentinos seremos nosotros quienes paguemos las consecuencias.

Francisco Paz

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